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De lirios

Aspiré lo último que quedaba de aquel cigarrillo compartido. El mundo ya no sería igual.
Mientras caminaba a algún lugar que no recuerdo, vi al arco iris proteger, como si fuera una bufanda, a una iglesia abandonada. Los ríos me hablaban pidiéndome que naufragara en ellos. Las casas de la ciudad se levantaban iluminadas ante mí, en esa noche oscura que todo se lo comía. Los cuervos dormían mirándome y me preguntaban si podían sacarme los ojos, pero yo no les hacía caso.
Finalmente, llegué a ningún lado, me recosté y juré que nunca más volvería a estar cuerdo. Déjenme aquí, con mi sonrisa, hablándole a estas flores.

Imagen: Flower Power

Una cierta evolución

  1. Decidido a escapar de mi condición de personaje secundario, esperé a que se durmiera para reescribir algunas palabras.
  2. Envalentonado por mi nueva condición de protagonista, decidí continuar y, cuando me di cuenta, la historia era otra por completo.
  3. De pronto me di cuenta que entre el eco de las líneas vacías, escuchaba mi propia voz y supe que me había vuelto también el narrador.
  4. Confundido y tembloroso, interrumpí un momento el relato para cerciorarme de que, allá afuera, aún dormía.
  5. Había ido demasiado lejos, pero sólo avanzar parecía posible ahora que era un flagrante usurpador a punto de ser sorprendido y reescrito.
  6. No lo pensé más, lo borré todo y comencé de cero, esta vez mi rol sería sólo el del autor que duerme mientras un personaje se rebela.

Eso era


Fotografía de Herbert List vista en El Ángel Caído

Esa mañana las aguas andaban revueltas y sin embargo, todo parecía suponer que era una mañana como todas las mañanas en su pequeño mundo. Algo no iba bien, algo que en su húmeda e incipiente conciencia no sabía materializar pero que —eso sí— le hacía suponer que tras ese preciso instante, todas las mañanas de todos los días de todos los escasos años de su vida iban a parecer como transcurridos en un oscuro túnel, una especie de limbo, un líquido amniótico en el que flotó privado de memoria desde el preciso instante de haber nacido. Eso era…
Hasta entonces, su plácida y previsible existencia no admitía incertidumbres. Estaba allí, no sabía ni de dónde ni como había llegado. Ni siquiera sabía si había nacido allí, ni tampoco la misma naturaleza o sentido de su existencia. Eso era…
Ahora, el cristal del pequeño acuario dejaba ver el mundo y empezó a sospechar que su centro debía estar en otro lugar atisbado allá en el horizonte, muy lejos del pequeño mundo de agua y de cristal que hasta entonces había sido su único y seguro lugar. Estaba confuso, como salido de un profundo hechizo, tal vez fruto de nadar incansable e hipnóticamente en círculos, ajeno a las lunas, a las mareas y las estaciones. Eso era. Unos ojos de cristal que veían como su, hasta ahora único mundo, era una gota de agua que nunca llegaría a ser océano. Pudo llorar y tal vez lo hiciera. Eso era o tal vez fui: un pez llamado deseo.

Sólo tres palabras.

Es un número que nos rodea.
Para los cristianos es el símbolo de la Trinidad, para los hindúes es el Trimurti, los budistas tienen sus Tres Joyas.
En la filosofía, Platón dividió el alma en tres, para Pitágoras, tres es el más noble de los números, Darwin plantea las tres esencias de la evolución.
Los chinos lo consideran un buen número, pues tiene el mismo sonido que la palabra “vivo”, los vietnamitas tienen la creencia que es de mal augurio tomar una foto con tres personas en ella, también se dice que los hechos de suerte, en especial los de mala suerte, vienen en grupos de tres.
Formemos minis de tres. Juntemos bajo, guitarra y percusión, para crear graciosas melodías que se leen más rápido que contar hasta tres. Aquí, en comentarios.

Imagen: Pyramids

Generaciones

En casa hay problemas por falta de entendimiento. Mis hijos y yo somos de generaciones diferentes. Quizás, para que se entienda bien, he de explicar el origen de cada uno de nosotros.
A mí me generaron por arte de magia. Mi padre era ilusionista, y echó a mi madre unos polvos mágicos, de los cuáles nací. Eso me contaron.
Nuestro hijo fue generado digitalmente. Por eso, desde pequeño, ha vivido aislado entre videoconsolas, pecés y teléfonos móviles. Tantos elementos de comunicación, y sin embargo con la familia no habla nunca.
Y mi hija nació por generación espontánea. Al menos eso dice mi mujer, pues ella no estaba embarazada cuando fui a Ruanda en misión humanitaria, para alimentar a unos chiquillos famélicos con viejos conejos sacados de la chistera de mi padre. Y cuando volví me encontré con el regalo metido en una cuna.
La comunicación en casa es mala. Porque, para colmo, mi mujer es coreana, y todavía no ha aprendido a decir ni una palabra en nuestra lengua. Más bien, yo diría que no la aprenderá nunca. Afortunadamente es pequeña y no ocupa mucho espacio. Pero por lo demás, todo son inconvenientes. Es incapaz de mediar en el conflicto entre nuestros hijos y yo.
Hoy nuestra falta de entendimiento parece haber llegado a un punto sin retorno. Estábamos en la mesa y le pedí a mi hijo que me acercara la sal:
—01000100 —respondió binariamente, haciendo caso omiso y sin mirarme a la cara.
—Mitosis, meiosis, gónadas —intervino mi hija, tan espontánea como siempre.
—Ming —apostilló mi mujer, sin que yo entendiera nada.
—Abracadabra —sentencié, y salí dando un portazo del comedor.
Ya no tengo dudas. En casa existe un grave problema generacional. Mi familia y yo jamás podremos entendernos.

Magia

La quiromántica me pronosticó un futuro prometedor. Éxito en los negocios, una magnífica mujer a mi lado y una familia unida y maravillosa.
Pero sabía que sus vaticinios estaban equivocados. Si yo había sido una vez capaz de confundir al polígrafo, estaba claro que también podía engañar a una vidente con las líneas de mi mano.

A merced del oleaje

Cuando los guías llevan a los turistas a visitar las pirámides cada mañana, tienen que consultar con el instituto meteorológico para saber cómo soplaron los vientos de la noche. Entonces, sobre el mapa realizan complicados cálculos con regla y compás.
Dependiendo de la dirección del viento, las arenas del desierto se han movido como las olas del mar durante la noche y las pirámides, al compás de éstas, podrían aparecer hoy en cualquier lugar.

Hora punta

―Ladran, Sancho. Señal de que avanzamos.
Pero Sancho sólo murmuraba garabatos. El tráfico era intenso y ya estaba harto de los bocinazos de los demás conductores. Definitivamente no se habían movido ni un centímetro.

Siniestro

―No tienes derecho —dijo la asistente.
El Dr. Frankenstein se vería obligado a esperar por un pie izquierdo para concluir con su obra secreta.

A la velocidad de un tren


A toda velocidad o surcando lentamente al ritmo del traqueteo la inmensa llanura. El ferrocarril siempre tuvo mucho de magia, y trenes, estaciones y andenes, han sido escenario de películas, novelas y toda clase de referencias.
Desde el Orient Express hasta los modernos trenes de levitación magnética, cada uno tiene su encanto y mil historias que contarnos.
Presta atención a lo que te dice el tren, y cuéntanoslo a nosotros. Podéis escribir minificciones o tuits hasta 39 palabras, y también minicuentos de hasta 300 palabras.
Y todo lo que te sugiera, déjanoslo en comentarios.

Absoluto

Reinaba un silencio mortal y autoritario. Los aldeanos, descontentos, murmuraban planeando un magnicidio.

Edades

Las hojas amarillas son las canas de los árboles.

Tempus fugit

Era un reloj frustrado. Decía que había perdido el tiempo metido toda la vida dentro de aquel cajón.

Médula periodística

Era un artículo con problemas de columna.

Experiencia

Los papiros que hablan de faraones y pirámides saben más por viejos que por papiros.

Inadaptados

En otro planeta podríamos vivir en ciertas condiciones de adaptación. No ver la luna, sin embargo, produciría un enorme trastorno emocional.

Territorio onírico

Hay un lugar donde habitan los sueños. La mayoría lo abandonamos al amanecer, otros siguen sumergidos en él a cualquier hora del día.

Reciprocidad

Ayer se marchó. Me dejó de la noche a la mañana, sin darme ninguna explicación. Porque así es ella.
Imagino que debió levantarse muy temprano. No noté su ausencia hasta que extendí mi brazo izquierdo para rodearla, como he hecho cada día que hemos despertado juntos.
No fue muy explícita en su despedida. Tan sólo me dejó una corbata que había comprado para mi próximo cumpleaños, y una nota: “No olvides el mío”.
Faltan también pocos días, y ella sabe que mis regalos siempre han estado a la altura de sus caros caprichos.

Biblioteca animada

Cuando los personajes de las novelas de la biblioteca tomaron vida, mi casa se convirtió en un auténtico teatro. Cada uno declamaba sus diálogos sin apercibirse de que los demás hacían lo mismo. Cientos de voces se entremezclaban y resultaba totalmente insoportable.
Eso ocurrió durante semanas, hasta que al fin fueron acabando sus intervenciones. Entonces permanecieron callados. Ocupaban bastante espacio y era algo incómodo compartirlo con ellos, pero terminamos por organizarnos bien.
Los verdaderos problemas comenzaron cuando el resto de los libros comenzaron a animarse. De los de arte chorreaban pinturas y caían piedras. Los de botánica echaban raíces difíciles de eliminar. Los de aritmética recitaban tablas y los de química desprendían un desagradable olor a reacciones sulfurosas.
Pese a todo, lo peor estaba aún por llegar. Entonces le tocó el turno a las enciclopedias. Nunca antes me había puesto a pensar las de cosas catastróficas que contienen en su interior.

Vacíos


Discutieron y regresaba a casa sin dejarse acompañar por él. Era de noche y había bebido mucho, tanto como para descoordinar sus movimientos y sus ideas.
De repente y de manera estúpida, al pasar por encima de la playa, subió y echó a correr sobre la balaustrada baja de granito, no más ancha que tres palmos. Abajo, a más de quince metros, una orilla de piedras y cantos de río reflejaba brillos en una noche de poca luna. Tropezó y cayó al vacío. Hacia adentro, por puro azar.
Al día siguiente despertó con un enorme dolor de cabeza. Sentía vértigo, un vértigo que no curó ni el paso del tiempo, ni las visitas al médico. La sensación de que caía hacia afuera, borracha y fuera de control, le iba a durar ya para siempre.

Imagen: V. Ivanovski, vía 2001photo.com

Serie hexagonal

El seis es un número que suele pasar desapercibido.
La mayor parte de los mortales nos amparamos en la seguridad de los siete colores del arcoiris, nos asustamos bajo la influencia de los martes o viernes trece, o anhelamos una simple (pero casi improbable) escalera real jugando al póquer. Pero la naturaleza nos muestra la sabiduría de la abeja al elegir el hexágono como forma ideal para construir sus panales, la lógica nos hace pensar que el universo se creó en seis días y el criptoanálisis nos revela la serie de tres seises como el número de la bestia…
Seis es, además, un número redondo, pleno. La cantidad perfecta de palabras necesarias para escribir pequeñas minificciones y/o tuits, como siempre, en comentarios. Y ahora, ¿quién se negaría ante estos argumentos?


Oriana Pickmann

Transplante: Tus latidos se volvieron míos.

Fulminante: Tenía una pena de muerte.

Las mariposas de mi estómago volaron.

Gastronomía: El arte de comer estrellas

Insuficiencia cardíaca: No puedo quererte más.

El lobo es vegetariano, Caperucita miente.

Un bosque inconcluso es un bosquejo.


Manuel Pérez Báñez

Hondos suspiros como raspaduras del alma.

En la luz no busques sombras.

Seis palabras para decirte “Te quiero”

Cada piedra es una idea embalsamada.



Carmen María Hernández

Para despertar necesito abrir las manos.

El espejismo ágil tiene rápidos reflejos.

Tierra: palabra fértil para las canciones.

La palabra adiós: un ave migratoria.

Paso que doy, miedo que pasa.

Yo inmóvil. La luna mirándome inquieta.


Miguel Ángel Dorelo

Después de todo, la nada absoluta.

Me aferro desesperadamente; aún sigo cayendo.

Refugios: tu escote, también tus ojos.

Si me comparas adecuadamente, soy normal.

Te pido perdón por tus errores.


Javier López

Cuando despierto, mis sueños siguen soñando.

Estoy lleno de un vacío insoportable.

El personaje llevaba impresa su historia.

—¿Se puede?
—Mal momento. No estoy.

Entre las multitudes no me reconozco.

El misterio de la frase incompl

Quise ahondar en ti.
—Bisturí —solicité.

Hoy enterraron a mi amigo imaginario.

Sigo vivo. Caronte no tenía cambio.

Ikal Bamoa

Embotellamiento. Mi vida avanza, yo no.

Paciencia. Tenacidad de girasol. Te espero.

Vienen cuatro jinetes. Meto quinta, sonrío.

Metrópoli. Crecemos como metástasis. Lo somos.

Ruinas. Nuestras huellas relatan nuestro futuro.


Rafael Vázquez

Te perdí, me perdí para encontrarte.

Biblioteca: un jardín botánico de pensamientos.

No está hecho polvo, es así.

En el cielo hay estrellas repetidas.

Yo hablaba solo. Tú escuchabas sola.

Los niños ven en dibujos animados.


Claudia Sánchez

Nadie podrá negarse ante tus argumentos.

Quieres minificciones sobre hexágonos o biográficas?

Autobiografía en seis palabras: misión imposible.

Hoy ya es tarde. Mañana vuelvo.


Cruciforme Ex Ox
¿Estás solo?, oyó en el ataúd.

Zilniya
La imaginación es realidad en proyecto.

Grillo Gutz
Muchas palabras y muy pocos besos.

Francisco J Navarro
Monterroso, pueblo gallego sin dinosaurios.

Mariano Ramos Mejía
Basta de amargura, contestó la hiel.

José Antonio Cerviño Rodríguez
Epitafio: No tengo prisa; te espero.

Aturdido

El reloj de la habitación empezó la cuenta regresiva por cuarta vez. Guillermo abre los ojos, mira al techo que conoce de memoria y, con la resaca de quien sufre una noche trágica, emite un quejido. Copia exacta del de ayer, del de antes de ayer.

Allí está todo igual, nada cambia. El mismo día, la misma tortura, las mismos rostros y brazos que salen de las paredes y tratan de espantarlo todo, de tocarlo todo, de romperlo todo. Paredes de algodón, con sus fantasmas, con sus demonios. Váyanse todos al carajo. No hay forma de salir de ahí, Guillermo está atrapado en un espacio sin puertas ni ventanas. Está totalmente solo con esos seres que lo martirizan, doblándolo, insultándolo, amenazándolo.

Guillermo suda, gime, grita, no puede levantarse. Así pasan las segundos, los minutos, como golpes asesinos en sus sienes. La noche, con su oscuridad, se lo come entero.

El reloj empieza la cuenta regresiva por quinta vez en la clínica de rehabilitación.

Abajo, más abajo


Yo era clase media hasta que lo perdí todo: el banco se llevó casa, coche y pertenencias. Mi mujer me abandonó. Joven y hermosa, podía aspirar a alguien mejor que yo.
Sentí que todos me habían tratado como una rata. Así que me convertí en una rata. Cogí un colchón viejo encontrado, un reloj antiguo, y bajé a las cloacas. No hay mucho tiempo que medir, pero en la oscuridad, con la única luz del velón, no hay forma de saber si es de día o de noche.
Ahora tengo mi vivienda de rata. Unos metros cuadrados de cemento donde poner el colchón, rodeado de caños de aguas residuales.
Hace unos días escuché pasos. Pensé que estaba soñando, porque es difícil saber aquí cuándo estás dormido o despierto. ¿Quién podría querer venir acá abajo? Confundido ante la presencia de un hombre que se guiaba por una linterna, no tardé en conocer sus intenciones. Era un inspector municipal que me pedía la cédula de habitabilidad, el informe de salubridad, los contratos de servicios de agua y alumbrado… Me pareció que estaba de broma. Pero no. El funcionario actuaba tan seriamente como lo haría ante cualquier ciudadano. Quizá olvidaba que soy una rata.
Ayer escuché de nuevo pasos. Un cartero me traía unos certificados con sellos oficiales. El Ayuntamiento me daba diez días de plazo para regularizar mi situación.
Y hoy las cosas han llegado aún más lejos de lo que imaginaba. Un inspector de Hacienda vino a evaluar mis ingresos. Según él, debo estar ahorrando mucho dinero viviendo aquí. Y ese dinero producirá intereses que debo liquidar.
Así que mi refugio, aparentemente fuera del alcance de los seres urbanos que habitan allá arriba, se ha convertido en un trasiego de inspectores y recaudadores.
Hoy he decidido trasladarme dos plantas más abajo.

A veces nos encontramos llenos de un vacío insoportable.

Sin palabras

Olvidé lo que iba a decirte, pero tú ya me habías entendido.

Emancipadas

Tu soledad y mi soledad se conocieron y ahora son inseparables. A nosotros nos dejaron aún más terriblemente solos.

Viajeros


Su hijo apenas tenía diez años por entonces. Salían a volar la cometa, como cada domingo, pero aquél resultó especialmente ventoso.
Duró poco la diversión. El fuerte vendaval hizo que se les escapara, y la cometa desapareció en unos instantes en un vuelo sin destino.
Hoy, cuando veinte años después han vuelto a tener un día de campo en el mismo lugar donde solían volar la cometa, en el cielo ha aparecido de la nada algo brillante con una cola de luz y escarcha. Era la cometa viajera que había regresado, aunque ya no fuera para quedarse.

Esclavas

We-We trabaja por muy poco dinero en un taller improvisado en un sótano infesto, cosiendo durante inacabables jornadas.

Una noche soñó que se pinchaba en un dedo y podía dormir cien años, como había oído en un viejo cuento. Necesitaba dormir, pero no era una princesa.

Al día siguiente se cortó con unas tijeras, y la castigaron a trabajar más horas por haber manchado algunas prendas.

Por las noches sigue en el taller. Y durante el día, sirve esta comida china que trae ahora a mi mesa, sin que yo conozca su historia.

Sonríe al dejarme el plato.

El pozo sin fondo

Fotografía: Photobucket

De pequeño soñaba con descubrir los grandes misterios del mundo. Recordando que una vez siendo niño (en el “fondo” lo seguía siendo) arrojó una piedra al fondo de un oscuro pozo y no llegando a escuchar durante horas y horas el ruido del impacto, dedujo con toda la lógica del mundo que el pozo atravesaría la tierra de cabo a rabo. Siendo un científico célebre y longevo volvió a aquel pozo de su infancia y se preparó para el viaje final de su vida: reposar en el centro de la Tierra.
Daba por supuesto de que el pozo estaría lleno de aire y que la caída no sería tan brusca puesto que una vez que el cuerpo alcanzara una cierta y calculada velocidad terminal, la resistencia del aire le impediría seguir acelerando. La inercia le haría atravesar el punto central del gigantesco túnel terráqueo, superarlo y seguir cayendo (o ascendiendo , pensaba él, si alguien lo intentara desde el Polo Sur). Dedujo además que el punto en el que se detendría para volver a caer hacia el centro del planeta sería cada vez más cercano a éste. Finalmente, estaba convencido de que quedaría en ingrávido y perpetuo reposo en el centro de la Tierra (al menos hasta que a otro iluminado se le ocurriese saltar al pozo). Era su sueño. En las crónicas del lugar hablaron de suicidio… lo cierto es que nunca apareció su cuerpo.

Libres


Ese día las puertas de todas las cárceles del mundo se abrieron a la vez. A las 6 de la madrugada, hora UTC, los prisioneros oyeron desbloquearse las cerraduras de sus celdas, mientras anunciaban por megafonía que debían abandonar el presidio en menos de diez minutos. Recogieron sus pertenencias y salieron sin terminar de asimilarlo, buscando incrédulos la mirada de los guardianes, esperando que todo fuera una trampa. Pero nadie les impidió salir.
Ya sólo nos quedaba esperar, dentro de nuestros refugios, la reacción de los cuerpos de los condenados a la nefasta radiación, tras la catástrofe nuclear.

Bajo las aguas


Para construir aquella enorme presa tuvieron que inundar lo que había sido un pueblecito próspero, no demasiado poblado pero con todo lo que tiene que tener un pueblo: un horno de pan, un molino de aceite, la taberna, la iglesia y la tienda donde se vendía cualquier cosa.
El estado los indemnizó por la pérdida de sus bienes sumergidos. Pero el sentimiento que los unía a su pueblo iba más allá de lo económico: vivir allí lo era todo para sus habitantes.
Con el tiempo, los vecinos compraron escafandras y bombonas de oxígeno para volver a sus casas. Incluso el cura aprendió a dar la misa bajo el agua y el molinero a prensar el aceite. Cuentan que lo más difícil fue mantener encendido el horno de leña.

Culpable

El acusado, ciudadano de nacionalidad lituana, con residencia ilegal en nuestro país, espera su sentencia. Había atropellado, la noche del sábado, a dos ciclistas en acción temeraria e imprudente. Conducía, en total estado de ebriedad, un vehículo robado sin haber aprobado el examen de manejo. Se le procesaba, en la sala de delitos ambientales, por no haber usado gasolina sin plomo en el automóvil en cuestión.

Imagen: El ángel herido, de Hugo Simberg

Se cuenta que un niño capturó con liria un ángel de leche, que más que alas tenía incipientes plumones en su espalda. Éste yacía moribundo del titánico esfuerzo por liberarse de la mortal trampa de pegamento. El niño, al verlo, quedó avergonzado y arrepentido. Lo soltó con delicadeza, cicatrizó sus heridas, le dio agua fresca de una fuente y lo llevó hasta una loma cercana donde con paciencia lo instruyó para que recuperara las fuerzas necesarias para poder volar con sus aún inexpertas y níveas alas. No fue tarea fácil. Al cabo de varios días, el ángel restablecido le agradeció al niño su empeño. Con lágrimas (ese día, a pesar de ser verano, llovió suavemente sobre la aldea) se marchó volando una mañana. Desde entonces todos los niños —incluso los más crueles— poseen su ángel de la guardia. Desde entonces una fina lluvia cae cada once de Agosto sobre la aldea. Los del lugar la llaman el chirimiri del ángel. Ese día todos los niños lo celebran soltando jilgueros en la plaza del pueblo.

Esta caudalosa serie nació en las lejanas montañas del Facebook, gracias a Otramaría. Sus afluentes fueron alimentados por las palabras de todos aquellos que participaron.

Dejémonos llevar por las aguas cristalinas y permitamos que el rumor del río nos cuente historias lejanas y cercanas, con sabor a musgo y a hielo antiguo. Si deseas sumergirte, escribe un texto no mayor de 39 palabras o 140 caracteres en comentarios.

~.~
javi_dice: Se había enriquecido con el esfuerzo de otros, haciendo que le entregaran su trabajo. A cambio de apenas nada. Sólo así llegó a ser un río acaudalado.

oriana: Las nubes son los ríos del cielo. La lluvia, el río del viento.

ikal bamoa: Al comenzar el deshielo, el río empezó a recordar.

javi_dice: El río seco se convirtió en camino.

otramaría: Los ríos subterráneos ríen para disimular sus tormentos internos.

oriana: Los ríos son los brazos con los que el mar acaricia la sierra.

javi_dice: El río decidió no ir a morir al mar. Se suicidó antes, dejándose caer desde lo alto de una catarata.

manuel: La quise como un río de montaña: torrencialmente. La dejé de querer sin darme cuenta, disuelto en un mar de dudas.

zilniya ecologismo literario: Los torrentes son los fantasmas de antiguos ríos, cuya risa vuelve cuando la oscuridad de la tormenta lo inunda todo.

nohubounavez: El observador modifica siempre lo observado. Perplejo, Heráclito se baña una y otra vez en un agua y río idénticos.

Dicen que tengo que tomarme mi tiempo, pero siempre termino atragantándome con los relojes.

Vislumbramientos

No entendió porqué todos se asustaban al verlo. Tardó en comprender que no había muerto todavía.

Relegado

El día menos pensado quedará en el olvido.

Alguien quería enamorarse. Nadie le correspondió.

Serie fugaz

Pide un deseo. Es el momento perfecto para echarse en el pasto y contemplar, disfrutar. El cielo se llena de estrellas fugaces, amores fugaces, sueños fugaces, suspiros fugaces… en fin. Antes que nuestras palabras también se hagan fugaces, plasmémoslas en comentarios.
Recuerda, 140 caracteres o 39 palabras.

La carretera

Los hombres estaban pintando las líneas. “Será el último día después de ocho meses”, pensé ayer en el momento que vi las marcas blancas más o menos rectas sobre el asfalto negro de la carretera.
He seguido su evolución, día a día, desde que empezaron picando y cavando sobre el suelo árido de aquella especie de páramo que veo correr paralelo a la ventana de mi tren matutino.
Durante estos casi ocho meses los he visto llegar a las 7:32 de la mañana, en la oscuridad o con las primeras luces hace unos meses y ahora ya con el día claro. Bajaban del furgón del presidio y comenzaban la tarea. Cuando regresaba de mi trabajo, allí seguían. En invierno con el frío de la tarde, y en esta época del año bajo un sol voraz. Siempre he pensado que la carretera era una mezcla de betún, piedra desmenuzada y fluidos humanos.
Hoy, cuando como cada mañana he subido al tren y me he puesto en la ventanilla que da al otro lado de la estación, los hombres ya no estaban allí. La carretera tampoco.
Antes de que el tren se haya puesto en marcha, he visto venir el furgón del presidio a lo lejos. Otros presos se han bajado. Han comenzado a picar y cavar sobre el suelo árido de aquella especie de páramo.

El desierto

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Desiertos de arena, de sal, de amor. Espejismos opticos, auditivos, amorosos. Y todas las minificciones que se te ocurran relacionadas con el desierto que no sobrepasen las 39 palabras en comentarios.


Imagen de PrinceVlad tomada de Flickr

Automatismos


Trabajo en un edificio inteligente. Al menos eso dicen.
Esta mañana, las puertas de cristal de célula fotosensible que dan paso al hall estaban averiadas. Así que tuve que dar un rodeo para entrar por una puerta en la trasera del edificio, de madera blindada, con cerradura mecánica y mucho más fiable. Un vigilante me abrió.
Mi oficina está en el piso doce. Pero los ascensores estaban averiados. Subir por las escaleras de servicio ya no era una buena noticia, aunque lo tomé con calma. Cuando llegué a mi despacho, el lector de tarjetas digital se empeñaba en que yo no era Estévez, sino González. Y me denegaba el acceso. De nuevo tuve que avisar a un miembro de seguridad. Afortunadamente las comunicaciones internas funcionaban, aunque todas las líneas de acceso al exterior han tenido caídas durante el día. Por si la jornada no estaba resultando estresante, el aire acondicionado ha dejado de funcionar.
Y ahora, cuando son ya las once de la noche, termino de escribir esta historia con lápiz y papel, porque los ordenadores del edificio se han bloqueado. De hecho, no puedo llegar siquiera a la puerta de madera para salir a la calle, porque otras puertas automáticas me lo impiden. Estoy encerrado.
Los vigilantes se han marchado, confiando todas las tareas al sistema informático de este estúpido edificio.

Imagen vía Flickr


Quise escribir la historia de un tipejo delgaducho que vivía en un pueblecito. Cada día iba a su trabajo montado en un borriquillo. Su empleo consistía en manejar una prensa de aceituna. A veces llevaba de vuelta a casa unas garrafitas de aceite en los capazos de su borriquito. Con el aceite y una hogaza de pan alimentaba a sus chicuelos.
La historia prometía, pues tenía pensadas muchas anécdotas para ese señor.
Sin embargo, a él no le gustó el principio de mi relato. No se sentía bien como tipejo delgaducho, y pretendía ser un tipo delgadito. Entonces ya me obligaba a hacerlo vivir en un pueblucho e ir a su trabajo montado en un borricuelo para alimentar a sus chiquitos. Hasta ahí no existía mayor problema, pero no hubo manera de que llevara el aceite en unas garrafejas, porque el cuento quedaba muy feo y se estropeaba.
Así pues, dejé de escribirlo.

El curandero


Fui al curandero con un dolor de espalda de los que nunca se acaban de quitar. Me habían dicho que ese hombre imponía las manos en la zona afectada y, en un máximo de tres sesiones, cualquier dolor desaparecía.
Yo no creo en esas cosas, pero hay veces que probar no cuesta nada… o mejor sería decir que cuesta “la voluntad”.
En cuanto llegué adonde atendía, sin saludarme aún empezó a hacer una crítica de mi modo de vida:
—No debería llevar esos aparatos encima, le acabarán matando —dijo señalando el ipod, el teléfono móvil y el gps que siempre llevo conmigo— y sobre todo, debería desconfiar de los médicos.
—Los necesito para mi trabajo —contesté sin mucha convicción, obviando la segunda parte de su advertencia.
—Túmbese ahí, boca abajo —me ordenó mientras señalaba una camilla cuya higiene dejaba bastante que desear.
Mientras me masajeaba la zona lumbar escuché una especie de gemido. Pero mi postura no me permitía mirar hacia atrás, así que no le di demasiada importancia. Sin embargo, empezó a preocuparme dejar de notar la presión sobre la espalda que había estado haciéndome el curandero. Unos segundos después me giré para ver qué ocurría. El curandero yacía en el suelo, en postura fetal y con ambas manos sobre el pecho. Había sufrido un infarto.
De inmediato llamé con el móvil a urgencias. Como no comprendían bien el lugar donde vivía el curandero, pasé el plano del gps al ipod, vía bluetooth, y lo envié por email. Los servicios de urgencia llegaron en pocos minutos.
Después de aquello me sentí mejor. Mi dolor de espalda seguía igual, pero acababa de salvarle la vida al curandero.

Sirenas

Hubo un movimiento generalizado de pánico en el barco que a poco hunde la embarcación, debido a que nadie, ni siquiera el capitán del navío, esperaba encontrar a las temibles sirenas en esas aguas y menos aún en esa ruta.

Mientras el barco se acercaba inexorable a las proximidades del arrecife de rocas donde moraban las fabulosas mujeres con cola de pez, sin posibilidad de cambiar el rumbo a tiempo como para no escuchar sus cantos, todo tipo de imágenes horribles acudía a nuestros ojos y memoria mientras echábamos mano de nuestros recuerdos colectivos para intentar salir indemnes del, de todo punto, imprevisible contratiempo.

Nos apresuramos a atarnos unos a otros con complicados nudos a las arboladuras y trinquetes de la nave, a acomodarnos improvisados protectores acústicos en los oídos, a dañarse, los más asustados, tanque y yunque para poder salvarse de la irresistible tentación sonora.

No caímos en que llevábamos años saturando nuestros ojos de todo tipo de imágenes sensuales, nuestros oídos con decibelios de sonidos que exploraban nuestros tabúes mas profundos. Cómo imaginar que todo eso nos había ido haciendo, lentamente, insensibles a cualquier tentación natural no tecnificada por mucho que esta se hubiese ido perfeccionando generacionalmente durante miles de años.

Y cómo no pensar, después de todo, pensábamos mientras el barco se alejaba e íbamos dejando atrás a las esforzadas sirenas, que cualquiera de nosotros había asistido a lo largo de su vida a decenas de espectáculos más llamativos.

A veces el olvido trae recuerdos de otros olvidos. Entonces comienzo a percibir nítidamente en qué consistieron aquéllos; cuáles fueron los hechos, circunstancias, detalles que traté de olvidar en cada una de las ocasiones. Y aparecen el dolor, el desengaño, la desazón y el miedo.
Alertado, intento inmediatamente recordar, para dejar atrás cuanto antes este nuevo olvido que tan malos recuerdos me trae.

Ciudades

Se escucha un grito estremecedor en la noche en algún lenguaje familiar al vello y la epidermis. Me asomo a la ventana, durante varios largos minutos rasgan, el silencio de la calle vacía, voces temerosas, carreras apresuradas, rechinar de neumáticos que huyen pero que los ojos no ven.

En los días que siguen los diarios y noticieros locales no realizan la más mínima alusión a lo sucedido.

Incapaz de conciliar el sueño, las noches siguientes observo, desde la ventana de la habitación, la orografía de la ciudad a esas horas: calles que se adentran en la oscuridad, espesas sombras que se aprietan contra las islas de luz de las farolas, el gato negro que aparece y desaparece en lo desconocido jugando con las confusas perspectivas.

No puedo dejar de pensar que cada ciudad alberga dentro de sí otras ciudades paralelas, igualmente contaminadas, infestadas de gente con vidas igual de inútiles y absurdas que las nuestras; cómo explicar si no los gritos sin boca, las voces conocidas procedentes de calles inexistentes, el rumor de risas infantiles que hierven en parques vacíos a medianoche.

Ausculto la noche con vasos, con sensores estudio las sombras buscando indicios de otros lados en algún lugar del aire oscuro y de los callejones, tratando de determinar la naturaleza exacta de las voces, pautas inteligentes, posibles respuestas a mis interrogantes susurros.

Entonces, desde el otro lado de ningún sitio escucho un rumor, algo parecido a una voz humana que de pronto pregunta, trémula y nerviosa, si hay alguien ahí. No puedo evitar dejar caer el vaso al suelo, gritar, gritar en la oscuridad, y correr, mientras comprendo, sé con certeza ahora, que ese grito habrá despertado a alguien como yo que buscará noticias sobre mí a la mañana siguiente en los diarios de esa otra ciudad.

El blog

El blog era su diario. En él escribía cada noche lo que había hecho durante la jornada, analizándolo con humor ácido a veces, adornándolo con hermosas palabras en otras ocasiones, iluminándolo con imágenes y engalanándolo con músicas. Pero siempre siendo fiel a lo que hubiera acontecido durante su día.
Ésa fue la clave para que lo detuvieran por el triple asesinato, a los que puso letra, imágenes y música aquella misma noche.

Mediaba la tarde cuando me encontré una historia en mitad de un camino. Era una historia inconsistente aún, como el carro tirado por un burro que veía venir de frente. Pero una historia al fin y al cabo, e insistía en ser escrita.
El carro rebotó al pasar sobre una piedra y el burro rebuznó. Ya al menos tenía algún elemento más para contar una historia.
Cuando pasó por mi lado, el burro me invitó con un gesto a que me sentara en el carro para continuar escribiéndola.
Ya tenía mi historia.

Ouija

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Perdimos contacto definitivamente con los difuntos. Dijeron que no podian estar seguros de que no fuéramos en realidad ellos mismos preguntándose y respondiéndose a sí mismo, a sus propios miedos, a alguna parte de su oculta naturaleza. Y después de decir esto no volvieron a entablar contacto más con nosotros.

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