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Solidario

Ofrecí a la viuda apoyo inmoral.

Paz

Dí por perdida la guerra cuando leí mi nombre entre las bajas de esa batalla.

Dicha

En tu caricia hay desdén. Ignorante, mi piel se regocija.

No pudo ser

Todo esfuerzo fue en vano. Aquel inesperado e insignificante montículo de arena dejado por la rodada se antojaba una montaña para él. Un instinto animal lo empujaba a cruzar el carril bajo el implacable sol del mediodía pero cuando casi conseguía alcanzar un mínimo ascenso, su peso lo hacía caer rodando una y otra vez, aferrándose inútilmente a la resbaladiza arena y haciendo que el montículo fuera perdiendo altura a cada intento. A priori se le allanaba el camino, pero sus fuerzas estaban al límite ya que tenía que invertir un sobrehumano esfuerzo en voltearse sobre sus quitinosas extremidades cada vez que se desplomaba. Ya casi lo había logrado. Tanto esfuerzo y tanta arena desmoronada había hecho desaparecer prácticamente el montículo. Sólo tenía que salvar unos miserables y despejados treinta centímetros de arena para alcanzar la gloria del otro lado. El mismo vehículo que había formado el montículo pasaba de vuelta. No pudo ser.

Consumiéndose

El tiempo es un puente que arde por ambos extremos.

Más

Mientras siga soñándote durará la noche.

Total

Quedé sordo de ti tras haberte amado a todo volumen. Quedaste ciega de mí tras haberme a todas luces olvidado.

Encrucijadas


Los sueños son encrucijadas de caminos que se aglomeran en vano a las puertas de la vigilia. Despertar es borrar los caminos pero no sus huellas.

Extinto

Tu llanto me extinguió y con el humo empezó la añoranza.

Huellas

La mujer de la bata blanca observaba atentamente a través del visor.

Le resultaba familiar aquel relieve. Y estaba casi segura de haberlo cartografiado alguna vez. Pequeños cerros se elevaban y caían incesantemente formando valles circundados por riachuelos que no desembocaban en ninguna parte, sino que se retorcían y giraban alrededor de ellos sin que pudiera explicarse bien de dónde provenía su flujo.
El jefe Marcial entró en la sala.
—¿Qué opina usted? —le preguntó.
—Yo diría que coinciden —respondió ella con bastante seguridad, sin apartar la mirada del objetivo.
—Monitorícelo —le ordenó, en un tono que denotaba su ansiedad.
Varios hombres más se hallaban en la sala, cuando la teniente de la policía científica dejó de observar a través del microscopio electrónico, para ofrecerles las imágenes en una pantalla colgada de la pared. En ésta empezaron a mezclarse el paisaje recién descubierto con el modelo registrado en la base de datos. Durante unos instantes se superpusieron valles con riachuelos y cimas con laderas, mientras que todos contenían la respiración. Entonces todo pareció encajar.
Cuando las imágenes quedaron perfectamente superpuestas, ambas formaron una única y nítida huella dactilar. No había duda, acababan de dar con el psicópata que había atemorizado durante meses a la población. La orden de busca y captura se transmitió inmediatamente a todos los departamentos.

A ver si así

Cansado de no ganarle una sola discusión a mis títeres, construí unos nuevos, sin boca.

Ya no más

Con notable sangre fría y precisión quirúrgica, el sastre removió uno a uno tres botones. Apenas tocó el cuarto, el abrigo confesó todo.

Miradas

Gilbert GARCIN
Losque le vent viendra 2007
 
miro a tus ojos
y caigo como la hoja
fiel a su otoño.

Sonata fantasmal

Ya no podía soportar más la sonata número 11 de Mozart.
Durante el día yo la ensayaba en el salón de casa, porque tenía que preparar el examen de sexto grado para el Conservatorio. Cuando terminaba, dejaba la partitura sobre el piano, para tenerla preparada para el día siguiente, porque durante ese tiempo no practicaba ninguna otra pieza.
Todo era normal hasta que el fantasma del abuelo empezó a aparecerse por las noches. Se sentaba en la banqueta del piano e interpretaba la sonata durante horas. Al principio no podía dormir, y aunque con el tiempo conseguí hacerlo a duras penas, los arpegios en La Mayor de la sonata parecían ya embutidos en mi cerebro. El último movimiento, la Marcha Turca, me despertaba sobresaltado si es que antes no lo habían hecho el andante o el minueto.
Así que tuve que tomar una determinación. Y ésta fue tan simple como retirar la partitura una vez que acababa mis ensayos, y guardarla en un armario. Naturalmente, dormía con la llave bien protegida.
Durante unos días mi hogar volvió a la normalidad y pude dormir tranquilo por las noches. Pero al poco tiempo los problemas volvieron. Y aún peor: se agravaron. Ante la ausencia de partituras, el fantasma del abuelo se ha dedicado desde entonces a ejecutar interminables improvisaciones.

—¿Puede esperarme un minuto? —preguntó el cliente al taxista, antes de abandonar el vehículo y tras haber abonado la carrera.
—Naturalmente señor —contestó el conductor.
Un minuto después el taxista miró su reloj y se marchó a toda velocidad.

Luminaria


Estrella mía
Que en el cielo vagas
Iluminándolo

Atoramiento temporal

Dicen que tengo que tomarme mi tiempo, pero siempre termino atragantándome con los relojes.

Hebras

Si las carreteras son los hilos que comunican a las ciudades, no me sorprendería que vengan en carretes.

Nostalgia

En la soledad de su daguerrotipo, el fantasma empezó a oxidarse.

Mar idílico

Floto sobre mi espalda en esta mar en plena calma. Las olas me mecen suavemente en este idílico día de verano.
Desde mi perspectiva se puede contemplar un cielo azul inmenso, un sol resplandeciente. Se oyen aves, e incluso risas de juegos infantiles que llegan a través del aire, desde la playa.
Ahora resultaría difícil de creer, pero hace tan sólo unas horas este mismo mar no era plácido, ni lucía un cielo azul, ni desde luego brillaba el sol. Tampoco se escuchaban cantos de aves, ni jugaban niños, cuando la tempestad nos hizo naufragar.
Las olas seguirán meciéndome, suavemente, hasta que mi cuerpo toque fondo en alguna orilla.

Ilustración: Odilon Redon, “Beatrice” (1897)

Mundo de sombras

Antes de su actuación, el maestro de sombras chinas se había herido una mano.
Durante el espectáculo, todos pudimos ver los cuerpos de sus personajes desgarrados entre las sombras.

Un mar de lágrimas

Llorábamos, con nuestras casas derruidas por el agua.
La tristeza lo inundó todo.

Rumores

De noche, cerca del mar, si escuchas atentamente, puedes oír historias sobre mundos sumergidos y seres fantásticos.
Pero sólo es rumor. Rumor de olas.

Arrullo

Cantan las olas
Meciendo un velero
Canción de cuna

Imagen: Niebla sobre el agua de Kent Vassdal

Efectos colaterales

La curiosidad mató al gato. Y a su dueño, que iba detrás.

Buenas maneras

Siempre hizo gala de su buena educación. Durante la guerra mató a un hombre. Antes de disparar, le había pedido permiso. Luego, disculpas.

Por su propio peso

Las ideas maduras caen del árbol de la ciencia.

Cómo leer un cuento

Cuando se lee un cuento uno tiene que haber tomado antes una determinación. Es una decisión que se tarda en tomar meses, años o incluso décadas. Principalmente en función de la envergadura de lo que se va a leer. Si el cuento tiene para más de 3 minutos de lectura, entonces hay que pensarlo aún con más calma.
En docenas de ocasiones he tenido que escuchar esta conversación, en mi calidad de consciencia colectiva en defensa de los Buenos Hábitos de Lectura:
—Voy a leer un cuento —asegura el “lector” tratando, mientras lo dice y se escucha a sí mismo, de autoafirmarse.
—¿Seguro que sabes lo que haces? —pregunta su pareja con cara preocupada y circunspecta.
—Por supuesto, he madurado la idea durante estos últimos meses. Si hoy regaras tú las plantas y sacaras al perro, creo que podría disponer de unos minutos para leer el cuento —responde el “lector” casi sin tomar respiración, como si fuera un discurso bien aprendido, en ese mismo afán de autoconvencimiento. Mientras, la cara de su pareja ha tomado un aspecto definitivamente incrédulo.
—No creo que pueda ayudarte, porque me temo que harías lo de siempre: leer sólo los primeros y el último párrafo —contestó ella, sentenciosamente, dándole la espalda. Y dejando así, en el olvido, una decisión de lectura que a él le había llevado meses tomar.
Así pues, lector, si estás leyendo este párrafo porque crees que encontrarás el final de aquello de lo que sólo leíste el principio, podrás ver que no entendiste nada. Porque aquí no está el final. Entonces querrás volver a leer hacia atrás. Pero la consciencia colectiva en defensa de los Buenos Hábitos de Lectura ya te habrá cazado.

La modelo

—¿Le pongo algo de postre, señora? —preguntó el camarero esperando que la respuesta fuera “no”. Tras  los entrantes fríos, el pudding y el cochinillo asado acompañado de berzas braseadas, no podía pensar que en aquel cuerpo pudiera entrar un sólo gramo más de comida.
—Nueces con nata con una buena ración de crema de chocolate y caramelo… por favor —pidió la mujer sin que pareciera del todo convencida de que su lista de peticiones llegaba al final. Una vez que lo tuvo en la mesa, dio buena cuenta del plato.
—Así que me dijo que trabajaba usted como modelo —comentó  el camarero cuando le entregaba la nota con la factura—. Ya me gustaría ver algún día el resultado de su trabajo —continuó, en actitud interesada.
—Algún día, pronto. Seguro que lo verá —afirmó ella antes de abandonar el local.
Poco después la mujer se dirigía al lugar donde desarrollaba su trabajo desde hacía algunos días. Una vez dentro del estudio, preguntó con su voz suave:
—¿Me desnudo ya, señor?
—Cuando estés lista, René —contestó el maestro Botero.

Imagen: Pablo Picasso “El pintor y la modelo” (1963)

De lirios

Aspiré lo último que quedaba de aquel cigarrillo compartido. El mundo ya no sería igual.
Mientras caminaba a algún lugar que no recuerdo, vi al arco iris proteger, como si fuera una bufanda, a una iglesia abandonada. Los ríos me hablaban pidiéndome que naufragara en ellos. Las casas de la ciudad se levantaban iluminadas ante mí, en esa noche oscura que todo se lo comía. Los cuervos dormían mirándome y me preguntaban si podían sacarme los ojos, pero yo no les hacía caso.
Finalmente, llegué a ningún lado, me recosté y juré que nunca más volvería a estar cuerdo. Déjenme aquí, con mi sonrisa, hablándole a estas flores.

Imagen: Flower Power

Una cierta evolución

  1. Decidido a escapar de mi condición de personaje secundario, esperé a que se durmiera para reescribir algunas palabras.
  2. Envalentonado por mi nueva condición de protagonista, decidí continuar y, cuando me di cuenta, la historia era otra por completo.
  3. De pronto me di cuenta que entre el eco de las líneas vacías, escuchaba mi propia voz y supe que me había vuelto también el narrador.
  4. Confundido y tembloroso, interrumpí un momento el relato para cerciorarme de que, allá afuera, aún dormía.
  5. Había ido demasiado lejos, pero sólo avanzar parecía posible ahora que era un flagrante usurpador a punto de ser sorprendido y reescrito.
  6. No lo pensé más, lo borré todo y comencé de cero, esta vez mi rol sería sólo el del autor que duerme mientras un personaje se rebela.

Eso era


Fotografía de Herbert List vista en El Ángel Caído

Esa mañana las aguas andaban revueltas y sin embargo, todo parecía suponer que era una mañana como todas las mañanas en su pequeño mundo. Algo no iba bien, algo que en su húmeda e incipiente conciencia no sabía materializar pero que —eso sí— le hacía suponer que tras ese preciso instante, todas las mañanas de todos los días de todos los escasos años de su vida iban a parecer como transcurridos en un oscuro túnel, una especie de limbo, un líquido amniótico en el que flotó privado de memoria desde el preciso instante de haber nacido. Eso era…
Hasta entonces, su plácida y previsible existencia no admitía incertidumbres. Estaba allí, no sabía ni de dónde ni como había llegado. Ni siquiera sabía si había nacido allí, ni tampoco la misma naturaleza o sentido de su existencia. Eso era…
Ahora, el cristal del pequeño acuario dejaba ver el mundo y empezó a sospechar que su centro debía estar en otro lugar atisbado allá en el horizonte, muy lejos del pequeño mundo de agua y de cristal que hasta entonces había sido su único y seguro lugar. Estaba confuso, como salido de un profundo hechizo, tal vez fruto de nadar incansable e hipnóticamente en círculos, ajeno a las lunas, a las mareas y las estaciones. Eso era. Unos ojos de cristal que veían como su, hasta ahora único mundo, era una gota de agua que nunca llegaría a ser océano. Pudo llorar y tal vez lo hiciera. Eso era o tal vez fui: un pez llamado deseo.

Sólo tres palabras.

Es un número que nos rodea.
Para los cristianos es el símbolo de la Trinidad, para los hindúes es el Trimurti, los budistas tienen sus Tres Joyas.
En la filosofía, Platón dividió el alma en tres, para Pitágoras, tres es el más noble de los números, Darwin plantea las tres esencias de la evolución.
Los chinos lo consideran un buen número, pues tiene el mismo sonido que la palabra “vivo”, los vietnamitas tienen la creencia que es de mal augurio tomar una foto con tres personas en ella, también se dice que los hechos de suerte, en especial los de mala suerte, vienen en grupos de tres.
Formemos minis de tres. Juntemos bajo, guitarra y percusión, para crear graciosas melodías que se leen más rápido que contar hasta tres. Aquí, en comentarios.

Imagen: Pyramids

Generaciones

En casa hay problemas por falta de entendimiento. Mis hijos y yo somos de generaciones diferentes. Quizás, para que se entienda bien, he de explicar el origen de cada uno de nosotros.
A mí me generaron por arte de magia. Mi padre era ilusionista, y echó a mi madre unos polvos mágicos, de los cuáles nací. Eso me contaron.
Nuestro hijo fue generado digitalmente. Por eso, desde pequeño, ha vivido aislado entre videoconsolas, pecés y teléfonos móviles. Tantos elementos de comunicación, y sin embargo con la familia no habla nunca.
Y mi hija nació por generación espontánea. Al menos eso dice mi mujer, pues ella no estaba embarazada cuando fui a Ruanda en misión humanitaria, para alimentar a unos chiquillos famélicos con viejos conejos sacados de la chistera de mi padre. Y cuando volví me encontré con el regalo metido en una cuna.
La comunicación en casa es mala. Porque, para colmo, mi mujer es coreana, y todavía no ha aprendido a decir ni una palabra en nuestra lengua. Más bien, yo diría que no la aprenderá nunca. Afortunadamente es pequeña y no ocupa mucho espacio. Pero por lo demás, todo son inconvenientes. Es incapaz de mediar en el conflicto entre nuestros hijos y yo.
Hoy nuestra falta de entendimiento parece haber llegado a un punto sin retorno. Estábamos en la mesa y le pedí a mi hijo que me acercara la sal:
—01000100 —respondió binariamente, haciendo caso omiso y sin mirarme a la cara.
—Mitosis, meiosis, gónadas —intervino mi hija, tan espontánea como siempre.
—Ming —apostilló mi mujer, sin que yo entendiera nada.
—Abracadabra —sentencié, y salí dando un portazo del comedor.
Ya no tengo dudas. En casa existe un grave problema generacional. Mi familia y yo jamás podremos entendernos.

Magia

La quiromántica me pronosticó un futuro prometedor. Éxito en los negocios, una magnífica mujer a mi lado y una familia unida y maravillosa.
Pero sabía que sus vaticinios estaban equivocados. Si yo había sido una vez capaz de confundir al polígrafo, estaba claro que también podía engañar a una vidente con las líneas de mi mano.

A merced del oleaje

Cuando los guías llevan a los turistas a visitar las pirámides cada mañana, tienen que consultar con el instituto meteorológico para saber cómo soplaron los vientos de la noche. Entonces, sobre el mapa realizan complicados cálculos con regla y compás.
Dependiendo de la dirección del viento, las arenas del desierto se han movido como las olas del mar durante la noche y las pirámides, al compás de éstas, podrían aparecer hoy en cualquier lugar.

Hora punta

―Ladran, Sancho. Señal de que avanzamos.
Pero Sancho sólo murmuraba garabatos. El tráfico era intenso y ya estaba harto de los bocinazos de los demás conductores. Definitivamente no se habían movido ni un centímetro.

Siniestro

―No tienes derecho —dijo la asistente.
El Dr. Frankenstein se vería obligado a esperar por un pie izquierdo para concluir con su obra secreta.

A la velocidad de un tren


A toda velocidad o surcando lentamente al ritmo del traqueteo la inmensa llanura. El ferrocarril siempre tuvo mucho de magia, y trenes, estaciones y andenes, han sido escenario de películas, novelas y toda clase de referencias.
Desde el Orient Express hasta los modernos trenes de levitación magnética, cada uno tiene su encanto y mil historias que contarnos.
Presta atención a lo que te dice el tren, y cuéntanoslo a nosotros. Podéis escribir minificciones o tuits hasta 39 palabras, y también minicuentos de hasta 300 palabras.
Y todo lo que te sugiera, déjanoslo en comentarios.

Absoluto

Reinaba un silencio mortal y autoritario. Los aldeanos, descontentos, murmuraban planeando un magnicidio.

Edades

Las hojas amarillas son las canas de los árboles.

Tempus fugit

Era un reloj frustrado. Decía que había perdido el tiempo metido toda la vida dentro de aquel cajón.

Médula periodística

Era un artículo con problemas de columna.

Experiencia

Los papiros que hablan de faraones y pirámides saben más por viejos que por papiros.

Inadaptados

En otro planeta podríamos vivir en ciertas condiciones de adaptación. No ver la luna, sin embargo, produciría un enorme trastorno emocional.

Territorio onírico

Hay un lugar donde habitan los sueños. La mayoría lo abandonamos al amanecer, otros siguen sumergidos en él a cualquier hora del día.

Reciprocidad

Ayer se marchó. Me dejó de la noche a la mañana, sin darme ninguna explicación. Porque así es ella.
Imagino que debió levantarse muy temprano. No noté su ausencia hasta que extendí mi brazo izquierdo para rodearla, como he hecho cada día que hemos despertado juntos.
No fue muy explícita en su despedida. Tan sólo me dejó una corbata que había comprado para mi próximo cumpleaños, y una nota: “No olvides el mío”.
Faltan también pocos días, y ella sabe que mis regalos siempre han estado a la altura de sus caros caprichos.

Biblioteca animada

Cuando los personajes de las novelas de la biblioteca tomaron vida, mi casa se convirtió en un auténtico teatro. Cada uno declamaba sus diálogos sin apercibirse de que los demás hacían lo mismo. Cientos de voces se entremezclaban y resultaba totalmente insoportable.
Eso ocurrió durante semanas, hasta que al fin fueron acabando sus intervenciones. Entonces permanecieron callados. Ocupaban bastante espacio y era algo incómodo compartirlo con ellos, pero terminamos por organizarnos bien.
Los verdaderos problemas comenzaron cuando el resto de los libros comenzaron a animarse. De los de arte chorreaban pinturas y caían piedras. Los de botánica echaban raíces difíciles de eliminar. Los de aritmética recitaban tablas y los de química desprendían un desagradable olor a reacciones sulfurosas.
Pese a todo, lo peor estaba aún por llegar. Entonces le tocó el turno a las enciclopedias. Nunca antes me había puesto a pensar las de cosas catastróficas que contienen en su interior.

Vacíos


Discutieron y regresaba a casa sin dejarse acompañar por él. Era de noche y había bebido mucho, tanto como para descoordinar sus movimientos y sus ideas.
De repente y de manera estúpida, al pasar por encima de la playa, subió y echó a correr sobre la balaustrada baja de granito, no más ancha que tres palmos. Abajo, a más de quince metros, una orilla de piedras y cantos de río reflejaba brillos en una noche de poca luna. Tropezó y cayó al vacío. Hacia adentro, por puro azar.
Al día siguiente despertó con un enorme dolor de cabeza. Sentía vértigo, un vértigo que no curó ni el paso del tiempo, ni las visitas al médico. La sensación de que caía hacia afuera, borracha y fuera de control, le iba a durar ya para siempre.

Imagen: V. Ivanovski, vía 2001photo.com

Serie hexagonal

El seis es un número que suele pasar desapercibido.
La mayor parte de los mortales nos amparamos en la seguridad de los siete colores del arcoiris, nos asustamos bajo la influencia de los martes o viernes trece, o anhelamos una simple (pero casi improbable) escalera real jugando al póquer. Pero la naturaleza nos muestra la sabiduría de la abeja al elegir el hexágono como forma ideal para construir sus panales, la lógica nos hace pensar que el universo se creó en seis días y el criptoanálisis nos revela la serie de tres seises como el número de la bestia…
Seis es, además, un número redondo, pleno. La cantidad perfecta de palabras necesarias para escribir pequeñas minificciones y/o tuits, como siempre, en comentarios. Y ahora, ¿quién se negaría ante estos argumentos?


Oriana Pickmann

Transplante: Tus latidos se volvieron míos.

Fulminante: Tenía una pena de muerte.

Las mariposas de mi estómago volaron.

Gastronomía: El arte de comer estrellas

Insuficiencia cardíaca: No puedo quererte más.

El lobo es vegetariano, Caperucita miente.

Un bosque inconcluso es un bosquejo.


Manuel Pérez Báñez

Hondos suspiros como raspaduras del alma.

En la luz no busques sombras.

Seis palabras para decirte “Te quiero”

Cada piedra es una idea embalsamada.



Carmen María Hernández

Para despertar necesito abrir las manos.

El espejismo ágil tiene rápidos reflejos.

Tierra: palabra fértil para las canciones.

La palabra adiós: un ave migratoria.

Paso que doy, miedo que pasa.

Yo inmóvil. La luna mirándome inquieta.


Miguel Ángel Dorelo

Después de todo, la nada absoluta.

Me aferro desesperadamente; aún sigo cayendo.

Refugios: tu escote, también tus ojos.

Si me comparas adecuadamente, soy normal.

Te pido perdón por tus errores.


Javier López

Cuando despierto, mis sueños siguen soñando.

Estoy lleno de un vacío insoportable.

El personaje llevaba impresa su historia.

—¿Se puede?
—Mal momento. No estoy.

Entre las multitudes no me reconozco.

El misterio de la frase incompl

Quise ahondar en ti.
—Bisturí —solicité.

Hoy enterraron a mi amigo imaginario.

Sigo vivo. Caronte no tenía cambio.

Ikal Bamoa

Embotellamiento. Mi vida avanza, yo no.

Paciencia. Tenacidad de girasol. Te espero.

Vienen cuatro jinetes. Meto quinta, sonrío.

Metrópoli. Crecemos como metástasis. Lo somos.

Ruinas. Nuestras huellas relatan nuestro futuro.


Rafael Vázquez

Te perdí, me perdí para encontrarte.

Biblioteca: un jardín botánico de pensamientos.

No está hecho polvo, es así.

En el cielo hay estrellas repetidas.

Yo hablaba solo. Tú escuchabas sola.

Los niños ven en dibujos animados.


Claudia Sánchez

Nadie podrá negarse ante tus argumentos.

Quieres minificciones sobre hexágonos o biográficas?

Autobiografía en seis palabras: misión imposible.

Hoy ya es tarde. Mañana vuelvo.


Cruciforme Ex Ox
¿Estás solo?, oyó en el ataúd.

Zilniya
La imaginación es realidad en proyecto.

Grillo Gutz
Muchas palabras y muy pocos besos.

Francisco J Navarro
Monterroso, pueblo gallego sin dinosaurios.

Mariano Ramos Mejía
Basta de amargura, contestó la hiel.

José Antonio Cerviño Rodríguez
Epitafio: No tengo prisa; te espero.

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